sábado, 17 de julio de 2010

Y los gallos volaron en los premios juventud

Aunque no fue un objetivo prioritario para mí el día de ayer, hacía más de una semana que la propaganda estaba anunciando los famosos premios juventud. Unos premios que, al parecer, están destinados a impulsar las carreras de jóvenes promesas. Desde este punto de vista, un propósito realmente válido.

Como estaba de visita en casa de un amigo, a quien estuve ayudando durante la tarde, al descansar un poco decidió encender su televisión, y allí se transmitían los nombrados premios.

Observando el escenario y toda la parafernalia que mostraban las imágenes, se notó que detrás de todo eso debería haber una gran cantidad de dinero. La escenografía futurista, que intentaba reflejar una nave espacial (con ideas tal vez tomadas de una o varias películas de ciencia ficción) resultaba a veces impresionante, pero en otras rondaba en el chiste pesado, como el robot “milenio”, aburrida recreación de la parte moribunda de “HAL”, de 2001 una odisea espacial.

Las presentadoras sí que eran de lujo, al menos en lo que respecta a la imagen. Lindas y esbeltas piernas, vestidos provocadores y zapatos “levantacualquiercosa”.

Pero lo mejor eran los propios artistas. En una jornada donde cantaría incluso Juan Luis Guerra, todo un ídolo de reconocida calidad de la música latina, y con tanta presentación, escenario y tecnología, yo esperaba un evento de la más alta calidad.

Así que me senté a ver aquel espectáculo, interrumpido en ocasiones por conversaciones breves entre la familia que yo estaba visitando.

La decepción comenzó al escuchar a una supuestamente prometedora y futura estrella de la canción. Según el presentador, había sido descubierta en un evento parecido anterior. Bajando lentamente en una luna (y amarrada a la cintura para evitar caídas accidentales, con un cinturón tipo limpiador de cristales de edificios) la intérprete luchaba por vencer aparentemente los miedos de la altura y su propio nerviosismo. Cuando de repente, y aunque al principio no le di crédito a mis propios oídos, asomó un gallo tan, pero tan notable, que la desdichada promesa de la canción no tuvo más que decir que “la iban a tener que perdonar”. El resto de la canción, para mí, fue una lucha entre el poco nivel de voz y el gallinero que intentaba salir volando en cualquier momento.

Pero este no sería el único caso. Vendrían interpretaciones que puedo catalogar de históricas, e incluso un supuestamente famoso intérprete de música mejicana, quien no sólo trataría de convertir su canción en una poesía (no solo mal redactada, sino mal recitada también) mientras trataba de salvar a dos pobres muchachas que casi se ahogaban dentro de esferas de plástico, a las que parecía dedicar su estafa de canción. No había que conocer mucho de música para ver la horrible parodia de cantante que intentaba (desastrosamente) simular alguna nota ligeramente musical. Ni siquiera la altísima sensibilidad del moderno micrófono usado lograba sacar del subsuelo la voz mortecina y apagada (o mejor dicho, de apagón) del creído intérprete. En medio de todo esto, un pobrísimo (o probablemente inexistente) arreglo tocado por su grupo de fondo, dejaba escuchar esporádicos estertores de una tuba que amenazaba con quedarse muda.

Contrario a lo que esperaba, el público joven asistente al menos no le premió con aplausos su desgraciado intento de canción. Incluso fue notable el trabajo que pasó la siguiente presentadora para levantar la audiencia y la atención del público, muertas ambas a tiros por el anterior simulacro de cantante.

Aunque no pude contemplar muchas más apariciones, mi propia madre me comentó sobre el gallo escapado (totalmente fuera de control) a un "cantante" tan supuestamente “reconocido” y de gran discografía que a su acompañante en el escenario no le quedó más remedio que reírse.

De todo este desastre (y muchos más que decidí no contar por elemental vergüenza latina) se salvan poquísimos verdaderos intérpretes, muestras reales de la cultura y la sabrosura propia de Latinoamérica, como Juan Luis Guerra. ¡Gracias, señor, por demostrar que la basura anterior no era lo único que se ve en esta parte del mundo!!!

Ni siquiera las becas otorgadas a jóvenes prometedores en esferas del saber salvan a este cuasiespectáculo del desastre que se ve en la juventud actual, absolutamente no interesada en el crecimiento como persona y en los valores éticos más elementales.

Nada, que los premios juventud han dejado un gran sabor amargo al que los vio con el ojo que debe verse la música, con el ojo del respeto, del ritmo adecuado y sincero, sabroso, con letras que se pueden escuchar y descifrar (y hasta amar), con cantantes no inventados por cadenas de televisión y firmas discográficas, y mucho menos con aquellos que se creen que haciendo un ritmo supuestamente moderno (incluyendo malas palabras, desastres rítmicos, un imprescindible apoyo de la tecnología sin la cual no existirían, y malos ejemplos para la propia juventud) piensan que se han ganado un premio merecido por su aparente fama. ¡Qué desastre!

Los premios juventud son sólo muestras palpables de que estas “estrellas” inventadas por el mercado y fabricadas con computadoras no tienen, muchas veces, ni la capacidad de articular palabras en un discurso aceptable, no se respetan ni a sí mismos, son buenos ejemplos de ritmos facilistas repetidos hasta el horror, de un espectáculo lleno de malversadas invitaciones a una sexualidad exacerbada y enfermiza. Son muestras de una sociedad moderna que sucumbe a la falta de cultura verdadera, que premia lo mediocre con millones de dólares y una vida fácil, y que da un excelente ejemplo a la juventud de cómo vivir sin trabajar haciendo ritmos “pegaos”.

El Lagarto

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