Oiganme, hay que ver las cosas de esta vida.
Me invitan a comer alguna cosa en casa de alguien, y llego temprano. Me sientan en la sala y observo alrededor.
La familia entera son gordos. Algunos no tanto, como el hombre de la casa que no lo parece aunque en la realidad es tremendo barrigón.
La esposa en un tarugo de gorda que a veces no puede casi ni sentarse. Ha roto varios asientos y el récord de dietas de todo tipo.
La hija es una gordita en potencia, solo hay que mirarles los brazos para darse cuenta de lo gorda que está.
El hijo es una bolita (o mejor dicho, y respetando su género, un bolito) y aunque monta bicicleta de vez en cuando, si se cae rueda de costado.
Ambos niños con menos de 15 años les diagnostican los lípidos y no se cuantas cosas más por las nubes, y tienen amenaza de azúcar siendo tan jóvenes.
No obstante, disfrutan de sus pizzas, de las hamburguesas y de cuanta mierda se le ocurre. Todos se están asesinando mutuamente.
El secreto de este caso es que nadie piensa en otra cosa que no sea la comida. Veamos causas y consecuencias.
No hay suficiente dinero para irse a disney world una vez al mes, o para irse a un crucero, o a cualquier otra cosa que los saque de la rutina, así que la opción más a la mano es… comer.
Tampoco piensan o tienen la inteligencia necesaria (que no es mucha) para darse cuenta que la propaganda de comida que ven diariamente en la tele es de comida chatarra, que no por gusto se llama así. Con tal de no cocinar, o lo que es lo mismo, de no “trabajar” en la casa, gastan su dinero en comprar comida rápida, un invento maravilloso que hace millonarios a los que la inventaron. A los que se la comen, termina transformándolos en compradores de cosas que no alimentan o que afectan la salud, como la comida supergrasosa o el refresquito en polvo, o las gaseosas, otro invento maravilloso que sirve para sacar el calcio de los huesos (haciéndolos frágiles) pero que son riquísimas de sentir cuando pasan por la garganta.
Ahora la otra cara de la misma casa.
Sentado aún en el sofá, que está (por supuesto) de frente al televisor ultracaro en el que han invertido todos sus ahorros, contemplo uno de sus programas favoritos: un juez “juzga” a un matrimonio que se quieren tirar los platos por la cabeza, se han amenazado de muerte y al hijo de ambos lo tienen traumatizado. La familia que me invitó disfruta y charla mucho sobre el caso, mientras el juez casi baila al ritmo de un reguetón mal cantado por el niño traumatizado inspirado en su propia situación.
En esta otra situación, la familia no tiene la inteligencia para darse cuenta (aunque lo sabe como casi todo el mundo acá) que esos “demandantes” y “demandados” (y posiblemente hasta el mismo niño “traumatizado”) reciben 100 dólares por escenificar el guión correspondiente al caso de hoy. Aunque en la tele dicen que es un caso real, y todos en la casa saben que no lo es, se lo creen a sabiendas para tener un motivo de qué hablar, porque hay una incomunicación crónica en la familia, y la única forma de hablarse es opinando sobre un caso ficticio que nada tiene que ver con su familia. Sobre los problemas propios, hum, es como si no existieran.
Detrás de ese programa maltrecho, viene la esperada telenovela (una de las tantas) que ya casi no lo son, porque más que romance y besos, se tratan de robos, muertos y asesinados, personajes ultramalos y otros capaces de ganar en un salto a Bruce Lee o de hacer más salvajadas que las que algunos vieron en “Holocausto caníbal”.
Más allá de la pobre, ultrarepetida y gastada trama, vemos los personajes de siempre, con los artistas de casi siempre, simples caras bonitas y cuerpos de mujeres esbeltas, que hacen carrera con unas buenas tetas, o personajes masculinos que por tener buena musculatura o ser altos, y rubios (solo por poner un ejemplo) ganan el protagónico de una trama manipulada hasta el cansancio.
En medio de estas cavilaciones, arranca una conversación interesantísima sobre la carne que cocinaron ayer, y análisis muy serios sobre la calidad de los frijoles de lata que servirán hoy.
Luego de mas de media hora agotado el tema de la comida (con una obsesión notable) pasamos a los imprescindibles chismes de artistas. El casamiento de fulanita con fulanito, el divorcio de no se quien y las tetas postizas de otra fulana. En esto se invierte más de una hora, con apasionadas opiniones y algunas de ellas con referencias obligadas a periodistas (discúlpeme, mejor dicho, chismosos pagados) que se pasan la vida molestando y husmeando la vida de los artistas.
En medio de la comida se habla poco, con los acostumbrados comentarios de la calidad y la cocinera.
Luego, de sobremesa, y como si no hubiera sido suficiente con lo anterior, dando muestras de una amplísima cultura, la familia entabla una amistosa discusión sobre si debieran cambiar el celular de la niña, porque ya ha crecido un poco. Pero el tema es breve, porque de inmediato se salta al tema de las cortinas, que no le gustan a la señora, y me hacen pasar un tremendo apuro porque piden mi opinión para decidir la disputa entre ella y su marido. Inteligencia de por medio, logro sortear el obstáculo para solo salir peor, porque ella (sabiendo que no tengo pareja ahora) me propone presentarme una vecina. No teniendo más remedio que aceptarlo, porque me es imposible evitar sus ofrecimientos y sus “buenas” intenciones, aparece en escena una mujer de casi 60 años (caramba, yo no paso de 40) y que por supuesto, es otra gorda.
Para no hacer largo el cuento, la “aparecida” se supone con buen cuerpo porque tiene un gran “fondillo” (gracias a las cantidades exorbitantes de grasa que tiene en el cuerpo) y tengo que tomar parte en la conversación de forma obligada.
Para hacerlo breve, se comentó algo de que la esposa de mi amigo no tenía trabajo y sabía de higienista dental. Le dí una referencia de una vecina que yo sabía trabajaba en una clínica, para que tratara de conversar con ella al respecto.
Aprovechando el tema, la “potencial prometida” dijo una frase histórica: “ah, mira, yo también necesito un dentista”…
Y me enseñó abriendo su boca toda una dentadura picada y verdosa, y que por si acaso, involuntariamente decidí apartarme un poco por reflejo condicionado.
Salí de la visita a casa de mis amigos después de tres horas de vana conversación, varios insípidos programas de televisión, una asquerosa potencial prometida y la sensación desagradable de haber perdido mi tiempo.
El Lagarto
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