
Como una pesadilla sin fin, reaparece fidel en la televisión cubana, una vez más. Y como si no hubiera sido suficiente ver las lágrimas de trabajadoras del Hotel Nacional en una anterior presentación, ahora se pavonea ante una élite de artistas y de personajes de todo tipo. Caras sonrientes hasta puntos increíbles, a pocos no les faltó más que arrodillarse ante el magnífico.
Este viejito chocho rayó en la locura con esta última aparición ante sus súbditos. Una vez más vemos su afán de protagonismo interrumpido por la vejez, pero en esta ocasión sin grados militares de ningún tipo en su camisa verde olivo, hecho que da motivos para pensar en su degradación no solo personal, sino incluso militar. El otrora “comandante en jefe” queda ahora, a los más de 50 años de poder, como un anciano verderulento y aparentemente inofensivo.
Que ni se piensen aquellos que nacimos en la isla de su propiedad, que lo es. Si le damos la oportunidad de retomar sus ideas, bien maduradas por estos últimos años sumergido en el misterio, no dudemos que este “viejito” ordene a las tropas retomar Angola, Etiopía y hasta Granada, para demostrar la pujanza de sus ideas ya podridas por el tiempo.
No olvidemos que este personaje es indirectamente autor de la marca de tenis “tortoló” (triste recuerdo para el hombre de este mismo nombre) y autor intelectual de la muerte de miles de cubanos en África, en el estrecho de la Florida y sabe Dios en cuantos lugares más, siguiendo una causa dibujada por él. Aquellos que sabiamente corrieron en Granada, huyendo de un enfrentamiento estéril al “imperio” (ordenado personalmente por este fidel) tal vez puedan darse cuenta ahora de su acertada acción. Después de tantos muertos, ni Angola es socialista, ni el aeropuerto de Granada “donado” por fidel da servicios a los cubanos, ni siquiera el campo socialista existe. Cuba misma ya no es socialista, como no lo es China, ni Viet nam, ni mucho menos Corea del Norte, caricatura lejana de socialismo ruso y más cercana al “emperadorismo” asiático.
Cuando Fidel ordenó decir al pueblo cubano que “hasta el último hombre había muerto abrazado a la bandera” en Granada, siguiendo sus órdenes de monarquía improtestable, pensó, aún en su madurez política, que tenía un victoria más ante el “imperialismo yanqui”. Pero cuando se supo la verdad, el dolor de barriga que debe haber cogido sería suficiente para vaciarle en forma de estiércol líquido una de esas botellas de vino de 700 dólares que gustaba tomar.
Ni que decir, este viejito ante el cual algunas damas dejan rodar sus lágrimas de monarca regresado, vuelve a sus andadas como el propio quijote, pero sin adarga, sin caballo, sin armadura y sin grados. Luchando con molinos imaginarios, y usando pensamientos obsoletos de todo un ejército de ideólogos del socialismo (ya extintos) pretende demostrar con su sonrisa de verde burlón que aún puede influenciar el mundo. Sus apariciones fantasmagóricas, aunque puedan ser festejadas y aplaudidas por caudillistas crónicos, no son más que la mejor muestra de que sus horas, por fin (y gracias a esa entidad universal que es el tiempo) han pasado a la historia.
El Lagarto
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