Lo hemos sido desde tiempos inmemoriales. Antes de “descubrirnos” un grupo de hombres armados y portadores de la última tecnología del momento, éramos el paraíso.
Después del “descubrimiento”, éramos la isla dorada, la que tenía oro, pero aún más, éramos “la tierra más fermosa que ojos humanos hayan visto”.
Más tarde, el comercio de esclavos y el paso de embarcaciones por lo que después sería “
Luego vino, en medio de todo esto, el invento de las mulatas, una sabrosa mezcla de todo lo que había en la isla, mujeres increíbles dignas de un cuadro de Da Vinci, y que hasta la actualidad vuelven loco al mundo. Tal vez fuera la dulzura del guarapo, el humo del tabaco pinareño o sabe Dios qué, pero entraron en el mito.
También los mambises, con su heroísmo propio de natural desmedido, con sus trapos por uniformes vestidos, enfrentaron una potencia de la época. No sólo la vencieron, sino que fueron la envidia de otras potencias.
La república, con sus problemas intervencionistas, anexionistas y otros “istas” por el estilo, llamó la atención del mundo. Muchas cosas sucedieron, hasta 1959.
Al iniciarse ese año, una nueva parte del mito comenzaba. Esta vez, con hombres barbudos y apestosos a monte y tabaco, y mujeres abrazándolos como ídolos, trasformaron un país entero. Aunque quién realmente lo hizo fue la esperanza que puso cada habitante en un cambio.
Este nuevo enfoque del mito dura ya más de 50 años. Se cambia lentamente, a duras penas bajo la presión de una necesidad que se hace ya lucir casi eterna; de la falta de cualquier cosa, desde algo material hasta de vergüenza.
Cuba sigue siendo un mito. Algunos piensan que es el ombligo del mundo. Como la isla de Pascua, su posición geográfica pudiera decirlo claramente.
Aunque a los de esta época nos enseñaron en la escuela que la geopolítica no existía, aprendimos que sí existe en la escuela de la vida. Seguimos siendo un centro de atención, ya sea por odio o por lástima, por compasión o por familiaridad, por ambición o por olvido mal disimulado, seguimos siendo un mito.
Hoy por hoy, Cuba es un mito más que nunca. Los que mandan adentro pretenden hacer creer que no pasa nada, y los de afuera pretenden hacer creer que pasa todo. Hasta los que no saben en qué parte del mundo queda, han escuchado hablar de ella. Hay fotos de su historia moderna que son mitos fotográficos. Hay gente cubana (de los originales, de esos que no se puede dudar de su lugar de nacimiento) en todas partes del mundo. Hay figuras famosas (cantantes, artistas, y muchos más) y millones de figuras no famosas, viviendo en lugares inimaginables. Hay comunidades cubanas en donde menos nos lo imaginamos, y hay hijos de cubanos en otros tantos.
Las madres rusas aconsejan a sus hijas no acercarse a los cubanos, porque temen que queden atrapadas por nuestra tropicalidad sexual.
Miami es ahora casi un país, con lo bueno y lo malo del cubano.
Sí, somos una “isla-mito”, un origen de ideas, de fantasmas, de aspiraciones, de multitud de sueños, de esperanzas, de todo cuanto forma un mito.
Y aunque tal vez no seamos el ombligo del mundo (como la isla de Pascua en medio del mayor océano) somos una leyenda extraña, sin principio ni final, sin un propósito definido, sin un destino claro, somos una idea permanente en el cerebro de muchos, somos un mito.
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